jueves, 3 de enero de 2013

Reflexiones sobre el fin del mundo.

Publicado en Noticias de Almería.


Parece ser que el fin del mundo supuestamente pronosticado por los mayas no ha llegado. Los defensores de lo esotérico dirán que, realmente, no se ha sabido interpretar bien lo que dijeron. Si les soy sincero, toda esta temática apocalíptica ha despertado mi instinto reflexivo.

Hace ya unos cuantos años, en una de mis soporíferas mañanas como estudiante de instituto, el profesor de historia nos preguntó -ya ni me acuerdo por qué se generó este debate- cuándo se acabaría el mundo. Uno de mis compañeros, que de vez en cuando tenía brotes de lucidez, contestó muy serio: “Cuando yo me muera”. La gente se reía, pero el profesor le dio la razón, en tanto en cuanto su postulado era “materialista” y, como tal, debía de tenerse en cuenta. No hay más mundo que el terrenal, como diría mi compañero animado por las risas. Esas palabras se me quedaron grabadas y, con el paso del tiempo, estoy de acuerdo. El mundo de cada uno se acaba cuando desaparecemos, o sea, cuando nos muramos, y para eso no es necesario que vengan los cuatro jinetes del apocalipsis. Quizás muchos estarán en contra de lo que digo, pero, si lo piensan bien, verán que me acerco bastante a la verdad.

Ya sea a finales del 2012, lo diga Nostradamus, los mayas o quién quiera, debería preocuparnos más la vida que llevamos y la que llevan nuestros allegados que las interpretaciones de expertos versados en textos antiguos o modernos. Es cierto que la crisis económica ha supuesto el fin del mundo tal y como lo conocían muchos que han visto degradadas sus condiciones de vida. Otros tantos habitantes de nuestro planeta nunca han conocido otra cosa que la necesidad. Pero, como cuando estamos en el cine y la pantalla se funde en negro, me pregunto: ¿ha acabado la película ya para todos?, ¿es que no hay salida?, ¿no puede haber otros mundos? Crear y destruir para volver a crear es una concatenación de actividades muy humanas.

Crisis, guerras, hambre, destrucción… hay desde el inicio de los tiempos. Europa vive tiempos de relativa paz desde el fin de la segunda Guerra Mundial, ese apocalipsis brutal que costó más de 50 millones de vidas y cuyas causas y consecuencias no deberíamos olvidar nunca. Desde entonces, a pesar de la Guerra Fría o la guerra de Yugoslavia y de las distintas dictaduras militares sufridas por el viejo continente, también hemos vivido momentos de progreso. Toda moneda tiene su cara y su reverso, como diría algún filósofo, pero por muy mal que estemos, no se parece en nada a lo que había antes de 1945. Esperemos no volver a ese escenario.

Sin embargo, ahora que ese nuevo mundo construido sobre los cimientos del antiguo parece llegar a su fin -me refiero a elementos como el estado del bienestar, la estabilidad laboral, el modelo del sistema productivo o el código de valores o vaya usted a saber- da la sensación de que todo se acaba. Algunos quieren volver a lo de antes; otros, acelerar el cambio para mejorar la situación. Dependiendo de nuestras circunstancias e ideología, muchos nos situaremos en algún que otro punto de vista y siempre justificaremos nuestras posturas porque, si no se hace lo que decimos, el mundo se acabará. Pecamos, y ven que me incluyo, de exceso de predicciones proféticas. Todos los analistas sociales intentamos predecir el futuro, lo que -el paso del tiempo me ha llevado a pensar esto- es prácticamente imposible. Pero seguimos intentándolo.

En vez de preocupamos por el apocalipsis y la vida extraterrestre sería mejor preguntarse cómo podemos mejorar la vida “terrestre” y hacer progresar el mundo de cada uno que, inexorablemente, está ligado a los que nos rodean. No quiero ponerme místico ni henchir mi pecho de espíritu navideño, pero vivir en sociedad tiene estas características. Por mucho que defendamos el individualismo, dependemos en muchas formas de los demás.

Ahora que empezamos el 2013, mi único deseo para ustedes y para mí es que nuestro mundo se desarrolle de la mejor forma posible. Lo demás es cuestión de tiempo.

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