miércoles, 27 de marzo de 2013

Breve historia del Neoliberalismo, por David Harvey


Estas semanas he estado sumergido en el interesante libro de David Harvey Breve historia del Neoliberalismo. En los tiempos que vivimos, asolados por los recortes y las privatizaciones, es bueno tener una idea crítica de lo que supuso y supone el neoliberalismo no sólo como ideología, sino como práctica política. Harvey recoge la siguiente definición de neoliberalismo:

“El neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad”.

Podemos decir que la teoría neoliberal arranca con una serie  de economistas, filósofos y profesores universitarios reunidos alrededor del austriaco Friedrich von Hayek,  autor, entre otros libros, del famoso Camino de servidumbre. Este grupo creó la Mont Pelerin Society en 1947, como asociación en defensa de sus ideas. Los miembros no se reconocían como neoliberales, sino como liberales a secas, tendiendo a una tradición liberal que se retrotrae no sólo a Adam Smith, sino también a Tocqueville y a los padres fundadores de EEUU. Sin embargo, no podemos obviar que la etiqueta neoliberal “señalaba su adherencia a los principios de mercado libre acuñados por la economía neoclásica, que había emergido en la segunda mitad del siglo XIX”, como bien señala Harvey.

Tras el crash del 1929 , las teorías económicas keynesianas  eran las más populares entre los gobiernos. Hasta Richard Nixon dijo una vez: “Ahora, todos somos keynesianos”. Estas teorías se basan en la intervención del Estado para ayudar a aumentar la demanda de bienes y servicios y, así, fomentar la creación de empleo. La doctrina neoliberal se enfrentó de lleno al keynesianismo con su intervencionismo y los altos impuestos que le eran inherentes.
Así que las corporaciones -éstas son círculos de empresarios y gente adinerada- empezaron  a financiar diferentes Think-Tanks relacionados con las teorías neoliberales. A pesar de la financiación, este movimiento estuvo totalmente marginado hasta la década de los 70.
Cuando explota la crisis del petróleo en 1973 , el mundo occidental se vio en vuelto en una crisis de paro e inflación. Aunque Harvey expone que esta crisis ya se estaba cociendo antes del aumento de los precios del petróleo, yo creo que fue esta última la que agravó la situación. De golpe, pareció como si el keynesianismo no pudiera resolver este problema y, ante el desencanto, surgieron dos políticos que enarbolaron la bandera del neoliberalismo: Ronald Reagan, en EEUU, y Margaret Thatcher, en Gran Bretaña.
 Harvey escribe:

“La Administración de Reagan proporcionó entonces el indispensable apoyo político mediante una mayor desregulación, la rebaja de los impuestos, los recortes presupuestarios y el ataque contra el poder de los sindicatos y de los profesionales”.
Reagan mezcló su neoliberalismo con una especie de keynesianismo de guerra, que llegó a aumentar notablemente el gasto público para financiar las distintas cruzadas en nombre del anticomunismo.
Thatcher, por su parte, también minó el poder de los sindicatos, enfrentándose a huelgas mineras de alto calado, e inició un proyecto privatizador sin parangón en la historia británica. Las encuestas describían a Thatcher como una primera ministra cuya popularidad caía de forma estrepitosa. Caía, sí, hasta que la guerra de las Malvinas consiguió envolver su neoliberalismo de un afán patriótico.

Harvey expresa que, por sí solas, las ideas neoliberales nunca hubieran triunfado si no se hubieran mezclado con el nacionalismo y con la derecha religiosa. Conseguir el apoyo popular para medidas de flexibilización del mercado de trabajo y pérdida de servicios públicos sólo se puede conseguir si se buscan enemigos (los sindicatos, el comunismo, el terrorismo) y se hace ver que lo que se hace es la única salida.
Pero, ¿qué ocurre con  instituciones internacionales? Pues que,  a partir de 1982, “el FMI y el Banco Mundial se convirtieron […] en centros para la propagación y la ejecución del fundamentalismo del libre mercado y de la ortodoxia neoliberal. A cambio de la reprogramación de la deuda, a los países endeudados se les exigía implementar reformas institucionales, como recortar el gasto social, crear legislaciones más flexibles…”.

Entonces, todos esos países que se endeudaban implementando políticas de crecimiento encontraron estas instituciones como garantes de una ortodoxia que bien les llevaría hacia el abismo. El régimen de Pinochet en Chile tras el golpe de estado que derrocó a Allende, la Argentina que terminó en corralito, Méjico, Corea del Sur, Suecia o, antes de todos ellos, la ciudad de Nueva York, vieron como las políticas neoliberales aumentaban sus problemas sociales, incrementaban las desigualdades e iniciaban un empobrecimiento de las clases populares. Sí es cierto también que el desarrollo de las políticas neoliberales, geográficamente hablando, se produjo de forma desigual.
También habría que hablar de China, país al que Harvey dedica bastante espacio, como un caso particular de mezcla de políticas neoliberales y autoritarias.
Pero todos sabemos el poder que tiene el neoliberalismo como ideología hegemónica. ¿Qué lo hace tan poderoso, además de tener el apoyo del poder político-económico? Pues que  parte de una fuerza vital, que es la utilización del concepto libertad de forma constante. El poder del individuo y sus decisiones son el centro del debate ideológico, aunque la práctica se distancia de la teoría. Como estableciera Karl Polanyi, hay distintas libertades, buenas y malas.

Las malas las establece en “la libertad para explotar a los iguales, la libertad para  no prestar un servicio conmensurable a la comunidad, la libertad de impedir que las innovaciones tecnológicas sean utilizadas con una finalidad pública, o la libertad para beneficiarse de calamidades públicas tramadas secretamente para obtener una ventaja privada”.
Por el contrario, las buenas serían: “la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad para elegir el propio trabajo”.
Según describe Harvey, parafraseando a Polanyi: “La idea de libertad «degenera, pues, en una mera defensa de la libertad de empresa», que significa «la plena libertad para aquellos cuya renta, ocio y seguridad no necesitan aumentarse y apenas una miseria de libertad para el pueblo»”.

El Estado se pinta como algo perverso, y el individuo como alguien que sólo quiere vivir mejor. La libertad se convierte en Mantra. Pero, detrás de esto, se esconde la idea de fortalecer las élites financieras y económicas, que no dudaron en apoyar a Pinochet o a cualquier dictador siempre que implementaran sus políticas neoliberales. Por ello, David Harvey establece que en el neoliberalismo podemos encontrar un grado de utopismo (o sea,  gente que cree realmente lo que dicen), unas ideas económicas erradas o, ya de acuerdo con lo que establece el autor de este ensayo, una justificación para fortalecer a una clase dirigente frente a las clases populares. La lucha de clases sigue.
Intelectualmente, Harvey establece que el neoliberalismo se centra en:
“una compleja fusión de monetarismo (Milton Friedman) expectativas racionales (Robert Lucas), elección pública (James Buchanan y Gordon Tullock), y las ideas elaboradas por Arthur Laffer en torno a las políticas por el lado de la oferta” 

Todo lo anterior va unido a un carácter autoritario que se ha repetido en innumerables ocasiones, puesto que es difícil orquestar medidas antipopulares sin represión o evitando directamente la política, como la imposición de tecnócratas no votados en gobiernos europeos. Además, según la teoría neoliberal, el estado sólo es el garante de los derechos de propiedad privada, el imperio de la ley y las instituciones de libre mercado. En este marco contractual, cada individuo es responsable de lo que le pasa, eliminando el concepto de justicia social e igualdad de oportunidades del debate político.

Sin embargo, hay muchas contradicciones en el neoliberalismo. Por ejemplo, utilizar dinero público para rescatar entidades financieras, la cuestión de los monopolios privados y la falta de competencia, la asimetría en la información entre ofertantes y consumidores, etc. El poder que da el neoliberalismo a las élites económicas se hace, una vez más, en detrimento del poder del asalariado, que sólo puede contar con organizaciones (sindicatos, etc.) y servicios sociales del estado del bienestar, para mejorar sus condiciones de vida.
Aunque la flexibilidad puede ayudar a muchos profesionales, en la mayoría de los casos ha creado una bolsa de precariedad y de incertidumbre de dimensiones considerables.

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