martes, 25 de junio de 2013

Clásicos de las Ciencias Sociales: John Stuart Mill

Esta semana he querido traer al blog de Politólogo en red un clásico de las Ciencias Sociales que me ha interesado siempre: Sobre la libertad, de John Stuart Mill. El motivo es que la libertad siempre me ha parecido una de esas grandes búsquedas del ser humano y cualquier reflexión que se haga sobre ella ha llamado mi atención.

El autor arranca, ya en la introducción, con un breve repaso histórico. Antiguamente, desde Grecia hasta la Edad Media, la libertad se consideraba la protección de los súbditos frente al tirano. Con el tiempo, se estableció que era necesario limitar el poder de dos formas: una, estableciendo ciertas libertades o derechos a los ciudadanos -cuya violación por parte del gobierno justificaba una rebelión individual o colectiva-; y, en segundo lugar, con la creación de unos frenos constitucionales.

Para Stuart Mill, fue con el progreso de los negocios humanos cuando “los hombres dejaron de considerar como una necesidad natural que sus gobernantes fuesen un poder independiente, con un interés opuesto al suyo” (pág. 59). Así, empieza a gestarse el concepto de que los gobernantes son delegados de los intereses del pueblo, teniendo éste último la potestad de destituirlos.
Pero que el gobierno actúe en nombre de la mayoría no exime al estado  de la protección de los derechos individuales. Es posible que una amplia mayoría decida oprimir a una minoría, por lo que habría que tomar precauciones tanto contra esto como contra cualquier otro abuso de poder. De hecho, Mill  establece que  “se necesita también protección contra la tiranía de la opinión y el sentimiento prevaleciente; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintitos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disienten de ellas” (pág. 62).

Como podemos ver, la libertad no sólo es proteger al pueblo frente al gobierno, también es proteger a las minorías de las mayorías. El autor repasa el concepto de moral como aquello que emana de la clase dominante y establece también que hay cierto servilismo por parte de la especie humana hacia las supuestas “preferencias o aversiones de sus señores temporales o de sus dioses”.
Pero, cuando hablamos de libertad, hablamos de libertad de pensamiento y de expresión, de conciencia. La libertad humana exige libertad “en nuestros gustos y en la determinación de nuestros propios fines; libertad para trazar el plan de nuestra vida”.  En síntesis, libertad para buscar nuestro propio bien sin hacer mal a nadie.

Tras la introducción, el libro está dividido en cuatro capítulos más: “De la libertad de  pensamiento y discusión”, “De la individualidad como uno de los elementos del bienestar”, “De los límites de la autoridad de la sociedad frente al individuo” y “Aplicaciones”.
En “De la libertad de  pensamiento y discusión”, John Stuart Mill defiende vivamente no sólo la libertad de pensamiento, sino lo saludable que es la libre confrontación de ideas. Para el filósofo, exponer las opiniones a la crítica rigurosa no sólo no es perjudicial, sino que es intelectualmente sano. Así, las ideas se renuevan y se refutan, llegando a enriquecerse las opiniones y teorías. Por lo tanto, la libertad exige una oposición radical contra el fanatismo (que Mill relaciona con la religión, en general, y, particularmente, con el cristianismo que le tocó vivir), el cual es considerado una especie de apisonadora del progreso del pensamiento humano. ¿Y si la opinión silenciada es total o parcialmente verdad?, se pregunta el filósofo.

En el capítulo “De la individualidad como uno de los elementos del bienestar”, Mill ensalza la cualidad de la individualidad como el libre desarrollo de la personalidad propia sin molestar a un tercero. Esta individualidad se convierte en algo esencial para el bienestar humano. Para el libre desarrollo del individuo es necesario tener libertad de elección. Si se hacen las cosas por costumbre, no hay elección que valga.  Así, el autor nos dice que las facultades mentales, como cualquier músculo, se fortalecen ejercitándolas y esto es eligiendo y no siguiendo la corriente de los demás, que terminan  convirtiéndose en una peligrosa rutina. No es una cuestión baladí esto, puesto que vemos que la libertad también es responsabilidad, elegir, esforzarse, discernir y buscar una felicidad, incluso anteponiéndose a lo que siempre ha sido la norma social dominante.

Seguir los propios impulsos se puede considerar peligroso, pero el autor establece que no es la fuerza de los impulsos lo que pone en peligro la convivencia, sino la debilidad de la conciencia. Por lo tanto, “la sociedad absorbe lo mejor de la individualidad; y el peligro que amenaza a la naturaleza humana no es el exceso, sino la falta de impulsos y preferencias personales” (pág. 133).

El filósofo inglés es contundente: “ (..)  y todo lo que aniquila la individualidad es despotismo, cualquiera  que sea el nombre con el que se designe, y tanto si pretende imponer la voluntad de Dios o las disposiciones de los hombres” (pág. 137). La idea que subyace de estas afirmaciones es que el surgimiento de genios, desde las ciencias a las artes, está ligado a la libertad y a la individualidad. Es en un ambiente libre donde surgen las mejores ideas, donde se rompe con las tradiciones mecánicas y aburridas. La tiranía de las costumbres, según Mill, se convierte en obstáculo  para el desenvolvimiento del talento humano.

En el capítulo “De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo”, el autor se pregunta dónde empieza la soberanía de la sociedad y dónde termina la del individuo. La sociedad nos protege y, a cambio, el individuo debe seguir ciertas pautas de comportamiento respetuosas con los demás. Además, los humanos se deben mutua ayuda, haciendo florecer así lo mejor de cada uno y disminuyendo o eliminando lo peor. Pero esta necesidad de apoyo no implica que la sociedad o el estado diga a cada uno qué debe hacer, en tanto en cuanto su actuación no perjudique a nadie. Siempre hay inclinación a considerar que los valores, ideas o costumbres de uno son  o deben ser – por imperativo divino- de obligado cumplimiento para todos.

El quinto y último capítulo tiene por título “Aplicaciones”. Aquí se habla de la libertad de comercio, en la que productores y compradores llegan a acuerdos libres bajo el principio de su propio interés, de la policía o de la función de  la justicia.  En el texto también hay una dura crítica contra una educación normalizada e impuesta en forma de monopolio por parte del estado, ya que, en su opinión, esto conlleva a la homogeneización de la población y la eliminación de la individualidad.
Para concluir, me gustaría terminar este resumen-análisis del libro de John Stuart Mill con unas palabras bastante interesantes: “El valor de un Estado, a la larga,  es el valor de los individuos que la componen (…). Un estado que empequeñece a sus hombres, a fin de que puedan ser más dóciles instrumentos en sus manos, aun cuando sea para fines beneficiosos, hará que con hombres pequeños ninguna cosa grande puede ser realizada” (pág. 207).

Ficha del libro:
Título: Sobre la libertad
Autor: John Stuart Mill
Editorial: Alianza editorial

Nº de Páginas: 207

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