viernes, 1 de noviembre de 2013

Precios que suben, precios que bajan



Según hemos podido leer esta semana en la prensa, España registra un IPC negativo por primera vez desde 2009. Esta bajada generalizada de los precios -no podemos hablar estrictamente de deflación hasta que esto no se prolongue más en el  tiempo-, se debe fundamentalmente a la reducción del consumo. Si añadimos la bajada de los salarios, el cóctel está preparado.

A pesar de la crisis, la subida del IVA así como otras medidas han creado ciertas subidas de precios que no correspondían con ese dicho de la ley del mercado que establece que si la demanda de un bien disminuye, también lo hace su precio. Pero como ya veremos más adelante, las leyes del mercado no siempre se cumplen: una subida del precio de las materias primas por causas ajenas a la oferta o demanda, por ejemplo, también puede provocar tensiones inflacionistas.

Ante el escenario de que bajen los precios nos preguntaremos: ¿es bueno o malo? Evidentemente, es bueno que bajen, pero si bajan como expresión de la crisis que atravesamos, parece que algo falla. Es cierto que todavía se tienen que ajustar tanto los precios de la vivienda como los de otros productos, hinchados tras años de burbuja, pero las empresas bajan el valor de sus bienes porque no venden lo que deberían o, por lo menos, lo que necesitan vender para sobrevivir. El consumidor -aquel que tenga recursos- se beneficiará en última instancia de que todo esté más barato, sin lugar a dudas. Y nos preguntamos: si se bajan los precios, ¿esto se amplía también a los salarios? Pues, por lo que se ve, sí.

A la hora de exportar, parece que también estos datos son favorables: bajamos precios, aumentamos competitividad. Llevamos meses escuchando la retahíla de la devaluación interna, pues parece que lo están consiguiendo. Eso sí, a base de empobrecimiento.

Pero démosle la vuelta a todo esto. Los expertos tampoco se ponen mucho de acuerdo en si la deflación es tan buena, puesto que un nivel de inflación mínimo también nos puede interesar como país endeudado. Al congelar salarios y al aumentar la recaudación, se reduce el déficit.
Pasemos ahora al caso contrario: un escenario de inflación y altas tasas de desempleo junto con recesión. A este supuesto se le denomina estanflación. La estanflación se hizo famosa a raíz de la crisis del petróleo en 1973.

Como decía antes, una subida desproporcionada del precio de una materia prima tan fundamental para nuestro modelo de desarrollo, como es el petróleo, obligó a convivir al desempleo con la inflación.  Aunque bajaba la demanda de todo tipo de bienes, al estar el petróleo directamente relacionado con, por ejemplo, el transporte y la fabricación de infinidad de productos, los precios no pudieron resistir el combate. Occidente se mostró, así, tremendamente débil ante un panorama económico en el que los recursos energéticos ya no parecían controlados por gobiernos más o menos afines; además, se dio cuenta de golpe y porrazo de que el petróleo se podía acabar y, si no acabar, por lo menos podía escasear.

El caso que vivió Alemania antes del ascenso de Hitler al poder también es conocido. Por entonces vivieron una espiral de hiperinflación que se comía todos los ahorros e impedía la recuperación, mientras la cola del desempleo seguía aumentando. Su motivo no fuel el petróleo; la inflación la provocó el gobierno de entonces que se dedicó a imprimir marcos sin parar con la idea de pagar así la deuda tan fastuosa que Alemania había adquirido tras la Primera Guerra Mundial.

Inflación o deflación, quién da más.



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