viernes, 13 de febrero de 2015

Nuevo artículo: Ética de la responsabilidad, ética de la convicción




Ética de la responsabilidad, ética de la convicción, Grecia y España


«Hay tres cualidades que pueden considerarse decisivas para un político: la pasión, el sentido de responsabilidad y la seguridad interna. La pasión concebida como una dedicación realista: una entrega apasionada a la causa, al dios o al demonio que reina sobre ella”
Max Weber
Cuando un partido político está en la oposición suele prometer muchas cosas que, en caso de gobernar, a veces olvida. ¿Traición? ¿Responsabilidad? Depende de cómo se mire, pero lo que está claro, viendo la facilidad con la que los políticos se desdicen, es que más nos vale tener mucho cuidado con las expectativas que nos hacemos del poder. Puede llevarnos a la frustración constante no saber ver la realidad con todos sus matices y esperar milagros de la nada.
El catedrático de Ciencias Políticas de la UNED, Ramón Cotarelo, establecía en su blog un análisis interesante sobre el discurso de Podemos, el papel del PSOE y, de soslayo, el rol que juega Izquierda Unida. Plantea algo muy interesante, que no es otra cosa que lo que en su día estableció Max Weber en el “Político y el Científico” sobre la distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción.
Cuando el PSOE pasó de cargar contra la OTAN a hacerlo a favor de la coalición, echó mano de esta distinción, estableciendo que una cosa es lo que se dice fuera del gobierno y otra su responsabilidad en el tablero político del poder. ¿Es así? ¿La convicción está en contradicción con la realidad? Es lo mismo que hace  el gobierno actual, incumpliendo muchas de sus promesas electorales -por ejemplo, bajar el IVA- cuando alude a la responsabilidad  de afrontar el desastre heredado de Zapatero. Pero este argumento sólo sirve, como bien establece Cotarelo, para los que gobiernan, no para los que aspiran a gobernar. O sea, que o bien el poder te cambia o es la oposición. Lo que es evidente es que el incumplimiento sistemático de los programas electorales proyecta una mala imagen a la ciudadanía que se siente, y con razón, como un cliente estafado.
Es probable que las “viejas convicciones” se puedan convertir en un obstáculo para ganar elecciones. De hecho, el intento que hace Podemos de superar la clásica dicotomía izquierda y derecha por “la lucha entre los de arriba y los de abajo” -o, como en su tiempo defendió Ocuppy Wall Street, la dialéctica enfrentada entre el interés de un 1% de privilegiados contra el 99%-, va orientada a generar nuevos significados que rompan los tradicionales marcos que guiaban la ideología de la gente: “yo siempre he sido de los socialistas”, “en mi familia somos de derechas de toda la vida”, “aquí todos somos del partido comunista”.  Exclamaciones y  pensamientos que, solidificados en muchos sectores de la población, dificultarían la emergencia de un partido político nuevo. Pero si este partido conecta con esos sectores en valores e ideas comunes (“lucha contra la corrupción”, “abajo el desempleo”, “hay que echar a la casta de privilegiados”…), será más fácil conseguir la movilización. Un discurso pragmático y modulado orientado a la conquista del poder.
 Para los sujetos a las convicciones heredadas de las luchas del movimiento obrero, de los grandes logros a favor de los derechos sociales y de la idolatría perpetua de los mitos del  izquierdismo, lo que pretende Podemos es pecado, puro oportunismo. Pero, desde el punto de vista del estratega, seguramente es la única forma de ampliar una base electoral que se nutre, fundamentalmente, de personas consideradas por sí mismas como clase media. Si nos guiamos por viejas etiquetas, los votantes mirarán hacia sus antiguos compromisos; sin embargo, si se cambia el tablero de juego, habrá que aprender nuevas reglas. Y esto es tan osado como arriesgado.
Izquierda Unida se está viendo, por lo menos en las encuestas, barrida por un huracán cabalgado por Pablo Iglesias, y no parece que los resultados electorales le vayan a ser muy halagüeños. ¿Es por no actualizarse? ¿Cuál ha sido su problema para no saber canalizar el descontento? ¿Las convicciones explican el bochornoso papel de la coalición en Madrid o al final todo se reduce a la banal lucha por el poder?
En Grecia, con la victoria de Syriza, también vuelve el debate entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad. ¿Es responsable plegarse a la Troika? ¿O es, sin embargo, un grave error permitir que el pueblo griego continúe el proceso de empobrecimiento? Aún le doy otra vuelta a la pregunta, pues Grecia ha perdido un 25% de PIB desde el inicio de la crisis, con bastantes decenas de miles de millones de rescate de por medio que salvaron a un sector privado que les prestó dinero: ¿puede una sociedad aguantar la situación griega sin estallar un conflicto violento de graves consecuencias?, ¿es responsable permitir eso? Nos encontramos de nuevo con la pelea eterna entre tecnocracia e idealismo. Pero creo que es más importante encontrar otro espacio político, que debe ser tan materialista como valiente. ¿Será Syriza esa nueva vía?
Grecia no debió entrar en el euro. Su gobierno por entonces falseó las cuentas sobre su deuda- con la ayuda de Goldman Sachs- y entró en la unión monetaria con grandes fallos -bolsa de fraude y corrupción descomunales incluidos-. Ahora la situación es la que es, y el juego sigue en marcha. La crisis económica no se arregla con más desigualdad y  pobreza, pero uno siempre tiene más pregunta que respuestas.
De nuevo, escuchemos a Max Weber:
«Este es, precisamente, el problema: ¿cómo combinar la pasión ardiente y la fría seguridad? La política se hace con la cabeza y no con las otras partes del cuerpo o del alma. Y sin embargo, la entrega a la política sólo puede nacer y nutrirse de la pasión, si no queremos que sea no un juego frívolo e intelectual, sino una auténtica actividad humana. Ese dominio sobre el alma, que caracteriza al político apasionado y que le diferencia del diletante político con su “nerviosismo estéril”, sólo es posible si la persona se acostumbra a mantener la debida distancia en todos los sentidos de la palabra. La “fuerza” de una “personalidad” política implica, en primer lugar, la posesión de esas cualidades».

@Hecjer

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