domingo, 21 de mayo de 2017

Datos y tecnología: ¿nueva religión?



Al terminar de leer el interesante libro de Yuval  Noah Harari “Homo deus (que analizaré con detalle ne este blog próximamente), he dedicado unos días a reflexionar sobre varios temas de interés. El autor se plantea si, en el futuro, los nuevos retos tecnológicos no nos ofrecerán, también, nuevas posibles religiones. Entendiendo religión como un sistema de creencias que cree tener la respuesta a absolutamente todo en la vida, además de diseñar un código de conducta que sus fieles deben cumplir con rigor. ¿Son las antiguas religiones capaces de solventar nuestras dudas existenciales en plena época de Internet? Aunque el fanatismo de cualquier religión milenaria sigue estando presente, son más una reacción que un compendio de medidas destinadas a solventar problemas esenciales de la humanidad tecnológica. Cuando se pueda manipular abiertamente nuestra genética, o fusionarnos con elementos tecnológicos, ¿no surgirán nuevas clases y nuevas ideas? ¿No dejará el humano de ser cómo es?

Es posible que exista una nueva fe basada en el poder de la información por encima de todo. El mundo se compone de datos y gestión del conocimiento, y los sistemas políticos, económicos y sociales que mejor funcionarán serán los que permitan una libertad absoluta de la información. ¿Qué es el mercado, sino un sistema en el que la oferta y la demanda generan una información que permite establecer nuevos productos y precios? ¿No es acaso la democracia un sistema de información en el que los ciudadanos generan demandas a sus representantes? Así que, en cierta manera, votar cada cuatro años, o la prensa de papel, u otros obstáculos burocráticos al fluir de la información hacen que las sociedades se mantengan atrasadas. La máxima expresión del dataísmo será un ciudadano plenamente integrado en el “Internet de las cosas”; en el que la tecnología sea capaz de gestionar un volumen tal de datos que el humano prácticamente no tendrá que pensar. Todo será decidido en función de algoritmos informáticos. ¿O serán manipulados para decirnos qué pensar?

En cierta forma, quizás esto ponga en solfa la libertad, ideología suprema en la que se basa la democracia. Si Facebook y Google piensan por nosotros, porque ya nos conocen mejor que nuestros padres, ¿por qué me tengo que romper la cabeza? Simplemente tengo que abrirme más a dar mis datos, a ofrecer mi información y continuar permitiendo que Internet se adentre hasta en mis entrañas. Conectarse será, si no lo es ya, una acción de primera necesidad.
¿Y si todo lo decidiera la red por nosotros? ¿Y si nuestras relaciones sentimentales fueran fruto de una acertada precisión selectiva en función de unos algoritmos creados por Facebook u otra aplicación? ¿Quién será responsable de nuestras equivocaciones? ¿Asumiremos nuestro papel residual? Poco a poco vamos adentrándonos en un mundo en el que debemos comportarnos con una mezcla de entusiasmo y temor reverencial.


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