martes, 18 de febrero de 2020

Educación, tecnología y flujos de información



Escucho a padres hablar como si nunca hubieran sido chavales, siempre hubieran obedecido, no se hubieran saltado ninguna vez las reglas y fueran, en su época,  niños ejemplares.
Fuente: https://bit.ly/2HyL2NH
Nadie nace con un libro de instrucciones y, por mucho que queramos, la complejidad del mundo nos obliga a estar permanentemente formándonos y aprendiendo. Lo que a mí me sirvió como hijo puede no ser útil en un mundo tan cambiante. Prohibir el WhatsApp a un chaval, cuyos  amigos lo tienen, ¿es bueno o contraproducente? Saber gestionar este tipo de situaciones tiene una importancia cada vez mayor dada la sociedad en la que vivimos.

Al día de hoy, tenemos una situación cuanto menos peculiar. Por un lado, un chaval que tenga, por ejemplo, 12 años, tiene un dominio de la tecnología que seguramente sus padres no tengan. Para ese joven, compartir información, exponerse en las redes, hablar con sus amigos todo el día  a través del Smartphone es algo tan natural como salir, antiguamente, a jugar a la calle (no digo que ahora no se salga).  Mientras que para los más jóvenes este aprendizaje, como el idioma materno, se ha efectuado de forma natural e inconsciente, los que sobrepasamos determinadas edades lo hemos tenido que aprender con más o menos esfuerzo. Si estoy todo el día sin el móvil, qué más da, pero si mi hija, de trece años, utiliza este mecanismo para charlar con las amigas, hablar de los deberes, exámenes o del tema que sea, una misma herramienta puede significar  cosas distintas. Para mí, es algo prescindible a veces. Para ella, es su principal vínculo de comunicación con sus iguales o, utilizando la terminología de Marshall McLuhan, una extensión del cuerpo humano.

Estamos sujetos a flujos permanentes de información. Ésta, como esa famosa canción que hablaba sobre el amor, está en el aire. No podemos evitar recibir contenidos en el WhatsApp cuando abrimos el YouTube, en las redes o, aunque no estemos en el ciberespacio, los amigos y familiares que sí estén ya se encargarán de compartir esa información con nosotros. Intentar evadirnos de los flujos de información requeriría vivir en una cueva aislado, ya que, aunque hay gente que diga lo contrario, el humano es un ser social. Necesitamos vínculos afectivos y construimos estructuras de apoyo basadas, principalmente, en compartir información (tal y como explica el historiador Yuval Hoah Harari en su libro “Sapiens”).

La mayor parte de la información es basura, pero la importante genera conocimiento. Nos ayuda a ser críticos, nos dota de habilidades personales y profesionales y facilita nuestra inserción en la sociedad tecnológica. Para determinar qué información es buena o no, necesitamos contrastar fuentes y conocer opiniones diversas para poder elegir. Si, por ejemplo, hoy no puedo ir a una charla sobre la influencia de la luna en las mareas, voy a Google y pregunto. Y ahí me enfrento, como he dicho en otras ocasiones, a lo insondable. ¿Qué elegir? Pues seguramente la Wikipedia, YouTube o, qué se yo, cualquier entrada, incluida una que hable de los ángeles, los lunáticos, los marcianos soplando las olas y vete tú a saber.

Más información no quiere decir más conocimiento, pero sí es cierto que el conocimiento parte de la libertad de flujos de información. La imprenta democratizó el saber, pero también permitió que se expandieran bulos y mentiras. Internet sufre los mismos síntomas, pero multiplicados por muchos millones.

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