lunes, 27 de abril de 2015

Interesante encuentro sobre nuevas tendencias en desigualdad y exclusión social





Desde el viernes 24 de abril hasta el sábado 25, he estado asistiendo a un intenso pero interesantísimo encuentro sobre nuevas tendencias en desigualdad y exclusión social. Tal encuentro se organizó desde el Departamento de Sociología III de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED y asistí porque entra dentro de las actividades organizadas para los alumnos del Máster universitario en problemas sociales que actualmente curso.

Contamos con brillantes conferencias, pero quizá la más destacable fue la pedagógica visión que nos facilitó el catedrático de política económica de la Universidad de Barcelona, Antón Costas, ponencia en la que me detendré un poco más adelante.

El catedrático de sociología en la UNED José Félix Tezanos, que coordina además mi máster, hizo una interesante introducción sobre los nuevos cambios sociales y los retos a los que nos enfrentamos. En un contexto de mercados globalizados y desregulados, con una financiarización de la economía -que desvía grandes recursos de la economía productiva a la especulativa- y una revolución  tecnológica que nos enfrenta a un excedente de horas de trabajo, el desempleo estructural y los niveles de pobreza parecen incrementarse de forma inexorable.  

La desigualdad lleva creciendo en Europa desde la crisis del petróleo de los años 70 y nuestra actual crisis parece haber sido, de nuevo, un catalizador generador de malestar (España es un caso particularmente sangrante, porque es de los sitios donde más ha crecido la desigualdad). 

Se crea empleo de poca calidad, surgen los trabajadores pobres y el progresivo empobrecimiento de la clase media nos hace pensar que si no se pone dique a esto, todo puede estallar. Se está dando algo muy particular, y es la movilidad DESCENDENTE entre clases medias. O sea, hijos que viven peor que sus padres y que no tienen mucha esperanza en que todo vaya a funcionar, a pesar de contar con una amplia formación en muchos casos. Posteriormente, el profesor Tezanos profundizaría en esta cuestión, planteando varias realidades empíricas que apoyarían las tesis anteriormente expuestas.
Aunque hubo grandes charlas, como he comentado, el espacio en el blog me hace obliga a ser muy  breve y, por eso, me detengo en la ponencia de Antón Costas.

Costas nos planteó un interesante esquema. Por un lado, la economía y los mercados; por otro, la política y el estado; y, como tercera pata de esta mesa, la democracia y la sociedad. Este triángulo tiene que mantenerse en un perfecto equilibrio. En caso de que alguna arista se rompiera, el desequilibrio podría tener graves consecuencias. En  la actualidad, parece que los mercados tienen más fuerza, incrementan la desigualdad y el “pegamento” que mantenía cohesionada las sociedades desarrolladas empieza a disolverse.
A principios del siglo XX la desigualdad fue máxima. Sólo hemos de fijarnos en la crisis de 1929 y sus letales consecuencias para asustarnos  nada más  que con pensar en que la crisis del 2008 se le parece demasiado. A principios de 1940, con un viraje en la política de Roosevelt, EEUU cambió el concepto de austeridad por el de políticas expansivas de empleo, persiguiendo lo que se conoce como políticas anticíclicas. Más tarde, según nos contó el profesor, Keynes le daría un marco teórico a dicha política pragmática que el presidente norteamericano tuvo la obligación de llevar a cabo.

Durante tres décadas, hasta la crisis de los 70 del siglo XX, las sociedades occidentales fueron relativamente igualitarias y cohesionadas. Sin embargo, todo esto se resquebraja en los 80, con el auge de unas políticas de fuerte contenido ideológico neoliberal lideradas por Thatcher y Reagan.

Actualmente, en contra de la teoría de que la desigualdad es buena porque incentiva el ahorro, la innovación y el esfuerzo, incluso el FMI ha alertado de que unas desigualdades excesivas lastran el desarrollo económico e hipotecan nuestra capacidad para crecer y generar bienestar en el futuro.
Costas también plantea un dilema moral y político, sin menospreciar la economía, para criticar la desigualdad. El capitalismo necesita la confianza de los actores en que sus vida van a mejorar; además, la empresa tiene que ser consciente de que sus decisiones tienen repercusiones en terceros. Por lo tanto, el núcleo moral del capitalismo es que ofrece oportunidades de mejorar a los que más la necesitan. Si este axioma no se cumple, dicho sistema pierde su legitimidad.

La desigualdad no es inevitable, puesto que cuando históricamente el estado se ha enfrentado a los mercados, como nos plantea el profesor, la política se ha impuesto. De hecho, de no ser así, no se hubiera construido el Estado del Bienestar.

¿Cuándo se construyó, por lo tanto, dicho Estado del Bienestar? Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se decide crear un pacto social que persiga el equilibrio entre esas tres columnas que os comentaba antes. Se decide desarrollar un nuevo criterio de estabilidad social que incorporará tres seguros: por desempleo, ante problemas de salud y en caso de jubilación. De igual modo, hay que resaltar la importancia de la igualdad de oportunidades que abre la educación universal.
Me dejo mucha información que se planteó en los debates y en las ponencias del encuentro: sobre desigualdad de género, brecha digital, familias vulnerables, nuevos problemas sociales, trabajadores pobres, nueva pobreza, etc., pero ya sabéis que el espacio en este blog es limitado y seguro que seguiré profundizando en estos temas con posterioridad.



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