jueves, 13 de septiembre de 2012

EL MIEDO A LA LIBERTAD

La historia de la humanidad no sólo es la lucha por la libertad, también refleja fases en las que el sometimiento por parte del ser humano a poderes absolutos y dictatoriales ha contado con la aceptación e, incluso, la justificación de grandes capas de la población. Pero, ¿por qué alguien querría anular ese preciado bien llamado libertad?

ErichFromm , el famoso psicoanalista de la escuela de Frankfurt, nos regaló una maravillosa reflexión a modo de libro titulado “El miedo a la libertad”, un interesante ensayo que cabalgaba entre la psicología social, la historia y la filosofía.

Si en la Edad Media y su régimen feudal la profesión y el nivel de vida venían determinados por nacimiento -puesto que se pertenecía a un estamento desde el primer momento de la vida del individuo-, en la sociedad capitalista esto cambiaba radicalmente. En el contexto medieval también eran conocidos los gremios de artesanos y profesionales que protegían a sus socios y repartían el trabajo. No había libertad y la pobreza asolaba a la población, pero el individuo tenía una identidad y un sentimiento de pertenencia a un grupo. Las clases populares y la burguesía se rebelaron contra el feudalismo y, de estas revueltas, llegó el régimen liberal burgués y su concepto de libertad, entendida como la capacidad individual de elección que posee cada persona para plantear su propio proyecto de futuro y actuar en el presente. Este sistema político llevaba intrínseco un nuevo sistema económico: el capitalismo.  

 
El capitalismo, basado en la iniciativa privada y la búsqueda del lucro, libró al individuo de las cadenas de los estamentos y de los gremios.  Pero esta libertad individual también conllevaba angustia e inseguridad. El destino del individuo ya no se basaba en el estamento, gremio o grupo social al que pertenecía; éste estaba solo ante un mundo lleno de incertidumbre, desposeído de identidad colectiva. Como bien cita Fromm:

 
“al perder su lugar fijo en un mundo cerrado, el hombre ya no posee una respuesta a las preguntas sobre el significado de su vida; el resultado está en que ahora es víctima de la duda acerca de sí mismo y del fin de su existencia. Se halla amenazado por fuerzas poderosas y suprapersonales, el capital y el mercado. Sus relaciones con otros hombres, ahora que cada uno es un competidos potencial, se han tornado lejanas y hostiles; es libre, esto es, está solo, aislado, amenazado desde todos lados.” (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”, página 77)

El capitalismo emergente impuso un criterio de vida nuevo. Cada persona es dueña de su futuro y, por lo tanto, responsable de lo bueno y lo malo que le pase. La ganancia, el dinero, como fin en sí mismo, empañó todas las relaciones humanas hasta el punto de que no conseguir ganarlo se convirtió en símbolo de fracaso y motivo de exclusión social.

Fromm también trae a colación la interesante obra  de Max Weber,  “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Weber afirmó que el protestantismo, con su idea de trabajo duro y austeridad, y su concepto de que en este mundo todo está hecho, que pocos se podrán salvar, creó una angustia determinada en la ciudadanía. Esta angustia existencial  originó el caldo de cultivo cultural y psicológico para crear un nuevo orden económico.

El autor también analiza exhaustivamente las causas psicológicas que pudieron influir en la llegada del fascismo. Partimos de esa dicotomía  que nos plantea la libertad: por un lado, es anhelada con fuerza; por otro, crea un estado de ansiedad y de angustia.

Es la angustia por la libertad, por las decisiones individuales, la que crea un rechazo o, mejor dicho, miedo. El fascismo, máximo exponente de cómo una población se sujeta a un régimen totalitario a sabiendas de que anula las libertades, contó con un apoyo masivo. ¿Por qué? Fromm no le quita importancia a las causas económicas como origen del ascenso de Hitler al poder, simplemente añade un nuevo criterio desde la psicología social que ayuda a ampliar el prisma por el que analizamos un fenómeno sociopolítco con desastrosas consecuencias. Vayamos por partes.

Para Fromm existen  dos tipos de personalidades que se vieron envueltas en el ascenso del nazismo: la sádica y la masoquista. La sádica disfruta provocando dolor, ya que al considerarse un ser superior, cree que es su voluntad la que debe imponerse a los demás. Por el contrario, la personalidad masoquista considera que su obligación es someterse a una voluntad superior, a una fuerza que le obligue a seguir por el buen camino. De esta mezcla, la sádica y la masoquista, surge el individuo que se considera superior a otros (el racismo propio del nazismo es el ejemplo), pero que debe obediencia ciega a un líder que lo guía por los avatares de la vida (el culto a Hitler y a los superiores es la otra parte).

El tipo de personalidad sádica-masoquista se mezcló bien con la crisis económica de los años 30, en la que una baja clase media se sintió frustrada ante un sistema que no le ayudaba y un porcentaje alto  de las  clases populares vio en este movimiento un sentido a sus vidas. Basado en los instintos más primarios, el nazismo conectaba bien con sectores frustrados que odiaban a casi todo el mundo.

En la actualidad, en el sistema democrático, parte de ese miedo a la libertad se canaliza en la apatía y el conformismo, aun cuando el individuo ve la injusticia campar a sus anchas no se inmuta. Quizás no nos hemos dado cuenta de que la libertad exige responsabilidades y éstas, a veces, exigen esfuerzo. Es más fácil que decidan y piensen por ti.

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