viernes, 19 de septiembre de 2014

Estrategia política en tiempos tormentosos




Que nadie se lleve a engaño, la política tiene mucho que ver con el ajedrez, aunque nos empeñemos en verlo como un juego pasional e irracional más propio del sentir religioso. No digo que el sentimiento no sea importante (de hecho, es el que nos impulsa a actuar), pero al final, como siempre, es la estrategia la que predomina y la que, en última instancia, puede ayudar a un colectivo a conquistar el poder. Como bien se sabe, la política es la solución pacífica de los conflictos que surgen en una sociedad. Podemos decir que, por un lado, tenemos al poder, que ejerce sus “políticas” concretas con capacidad de coerción -aunque, como dice el sociólogo Manuel Castells, el poder no sólo es el Estado, sino una red de retroalimentación permanente compuesta a su vez de núcleos financieros, culturales, etc.- y, por otro lado, el contrapoder, o aquellos que aspiran a cambiar la correlación de fuerzas.

Esto es común para cualquier régimen, sea democrático o dictatorial. Unos mandan y otros quieren mandar, y a muchos no les queda más remedio que obedecer. Lo que ocurre es que en democracia eso se canaliza por vías electorales y, para que todo funcione bien, también es necesario que haya pluralismo, libertad de expresión y un largo etcétera de derechos y libertades fundamentales en los que no voy a ahondar pero que consideramos que son las reglas del juego. Dentro de esas reglas, como muchas veces pasa, hay cierta tendencia a favorecer al “ganador”, como sucede con una ley electoral que prima a las mayorías o el control - cada vez más complicado gracias a Internet- de los medios de comunicación. A través de la comunicación se crea la legitimidad cultural que necesita cualquier sistema político; solo con la coerción no es suficiente.

 Sigamos con la solución de conflictos. Dentro de tales, en España  tradicionalmente se han expuesto algunos clásicos -en ciencia política se les suele llamar “cleavages”, pero no es necesario aprenderse este vocablo-, como pueden ser los siguientes: república-monarquía, religión-laicismo, centralismo-descentralismo- o el típico y tradicional de toda la vida, no sólo común en nuestro país, “¿tú que eres: de izquierdas o de derechas?” ¿Son exclusivistas? Teóricamente sí. Uno no puede ser monárquico y republicano a la vez. Quizás algún político del Congreso lo sea, pero no es lo normal. Sin embargo, uno puede ser creyente y considerar que el estado debe ser laico, porque el conflicto se establece entre el poder de la Iglesia y su interés por acaparar recursos del estado.  

Los “cleavages” pueden hacernos creer que la mitad del país es de un bando y la mitad es de otro. La idea de las dos Españas está muy incrustada en nuestras mentes. Tras la caída del muro de Berlín, la entrada en el euro, Maastrich, el neoliberalismo, la crisis actual que muchos expertos enlazan con la crisis del régimen del 78, el 15M, etc., podemos ver cómo hay un conflicto que no entra dentro de los encuadres tradicionales pero que, al fin y al cabo, es el de toda la vida: el del 1 y el 99%; el de las élites que se enriquecen y la mayoría social; el de la casta y el pueblo. En resumidas cuentas, unos pocos que viven muy bien a pesar de la que está cayendo, y unos muchos que  hacen lo que pueden para llegar a fin de mes.  ¿No es más propio, por tanto, establecer este conflicto, hacerlo latente, plantear alternativas y posibilidades de mejora? ¿No debe ser este el verdadero reto?

Si para hacer política necesito construir mayorías, es evidente que una opción política que pretenda ofrecerse como un cambio “de izquierdas” ante “el pueblo español” debe tener en cuenta que no todo el mundo tiene la formación política de un activista consolidado, que es posible que pueda estar de acuerdo con el estado del bienestar desde el punto hasta la coma, pero tenga miedo -un sentimiento humano y muchas veces motivado por el que tiene poder- de que todavía pueda terminar peor si “algunos” se hacen con el poder. También es probable que un desempleado u obrero prefiera ver un partido de fútbol -muy legítimo- que leer a Gramsci- también lo es-. Pero eso no quiere decir que sea un alienado sin conciencia de clase, simplemente tiene bastante con afrontar sus preocupaciones. Sucede lo mismo con una familia que va a ser desahuciada: no tiene que motivarse mucho por ver una bandera republicana, ni rememorar los clásicos marxistas. Su problema es aquí y ahora y necesita ayuda.
Este contexto es el que ha aupado a organizaciones fuera del partidismo político, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que han sabido afrontar una situación grave desde el activismo social. ¿Dónde encuadramos estos movimientos, si nos atenemos a los “cleavages” anteriores? O, mejor dicho, ¿es necesario etiquetarlos? ¿No sería contraproducente? ¿Existe una canalización institucional para ellos o deben crearla?

Según nos han dicho, se supone que atravesamos una situación social espeluznante debido a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. ¿Quiénes? Y las medidas impuestas por la Troika (Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), con el consentimiento de socialdemócratas y conservadores, están provocando una devaluación salarial que, ya ha advertido la OCDE, no nos va a llevar a ningún sitio bueno. Sin embargo, estas mayorías políticamente representadas hablan de izquierdas y derechas. Si se parecen mucho, dicen que es por la razón de estado, pero dicha razón a veces no responde a criterios objetivamente pensados para el bien de la mayoría social de la Unión Europea.  Cuando la directora del FMI, por poner un ejemplo, que cobra más de 200.000 euros al año, pide moderación salarial, de nuevo, saltan a la palestra el 1 y el 99%,  una manera muy ilustrativa, directa y comunicativa de llegar a la gente. Lo mismo que cuando nos referimos a las puertas giratorias.

Repito, jugar al ajedrez requiere establecer estrategias. No porque alguien considere que tiene más razón moral, lo va a seguir más gente. Dos ejemplos: la Alemania de los años 30 con el auge del nazismo y la fuerza creciente que está cogiendo el Frente Nacional de Le Pen, sobre todo entre las clases populares. Antes y ahora han existido grupos que creen en las leyes de la historia y en el inexorable acaecimiento de la Revolución popular, mientras que otros conspiraban y conspiran para conseguir y/o mantener el poder.

Modificar las formas no significa cambiar el fondo del mensaje, pero parece que hay miedo, desde determinadas formaciones políticas, a gobernar. Señores, quien se presente a las elecciones y no quiera asumir responsabilidades de gobierno, que se vaya a su casa. ¿Para qué votamos entonces?, ¿para perder? El ensalzamiento de los perdedores está muy bien para la literatura y el arte, pero aquí se trata de transformar la sociedad en algo mejor y, para ello, no queda más remedio que asumir contradicciones, pactar, dialogar y lo que haga falta mientras no se traicionen determinados principios éticos.
Concluyendo, seguramente no lo he detallado del todo bien, pero creo que ésta es -por lo menos, así lo han establecido sus líderes más renombrados, como Pablo Iglesias- la estrategia de Podemos. Conceptos inclusivos -casta versus mayoría social- frente a otros más excluyentes. Si sirve o no, todo es cuestión de tiempo.

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