jueves, 24 de octubre de 2013

Tenemos un mercado laboral que es de los peores del mundo para retener el talento




Tenemos un mercado laboral que es de los peores del mundo para retener y atraer el talento. Eso he leído, y me ha llevado a reflexionar sobre las escuetas becas, lo contratos precarios -cuando llegan y sacan a alguien del desempleo- o los interminables cursos de formación  en  idiomas o postgrados para luego no encontrar nada. Así es muy difícil retener a alguien. Yo, personalmente -y supongo que muchos de vosotros también -, conozco a gente muy cualificada que, ante la disyuntiva de tener que elegir entre la precariedad y el paro, ha decidido marcharse. Para ellos es una oportunidad, para nosotros una catástrofe.

Según el Foro Económico Mundial, el mercado laboral en España es de los menos eficientes, ostentando el puesto 115 de 144 países. Si observamos a nuestro alrededor, sólo nos superan Portugal y Grecia, que se establecen en las posiciones 126 y 127, respectivamente, e Italia, en el lugar 137.
Lo irónico de todo esto es que dicho estudio dice que: “En España no funciona bien ni la cooperación entre empresarios y trabajadores, ni la flexibilidad en la fijación de salarios, ni el despido, ni la relación entre sueldos y productividad”.

¿Pensáis vosotros que es una cuestión de flexibilidad horaria? ¿Y de despido? Y aún más, ¿a qué se refiere con la relación sueldos y productividad? A veces me pierdo con estudios técnicos que repiten como papagayos una retahíla de conceptos y propuestas como si fuera un mantra. En España el talento no se queda porque no tiene salida laboral, porque se cansa de que le paguen mal y, sobre todo, de estar en una situación de incertidumbre continua a pesar de estar formándose una y otra vez. ¿Tratamos bien a nuestro capital humano? Pues no.

Estonia, Dinamarca, Irlanda, Suecia y Finlandia figuran entre los veinte primeros países en eficiencia laboral; Singapur, Suiza, Hong Kong y Estados Unidos estarían a la cabeza de la lista. Por un lado, economías altamente dinámicas y, por otro lado, estados del bienestar como Suecia y Finlandia bastante consolidados, incluso Dinamarca, que tiene un modelo en el que mezcla su conocida flexibilidad con una alta protección al desempleado, conocido popularmente como flexiseguridad.

Pero centremos el debate en otros aspectos como, por ejemplo, la cuestión de las políticas activas de empleo. Como escribí en su día: “Si miramos a Europa, vemos -según he podido leer en la publicación mensual “Alternativas económicas” del mes de abril- que muchos países de nuestro entorno dedican más personal en proporción al número de desempleados en sus servicios de empleo que aquí en España. Concretamente, en España tenemos a “450 desempleados por cada orientador, frente a entre 80 y 100 de Alemania, Reino Unido y los países nórdicos”.  Los números hablan por sí solos.

Al final todo está conectado, y la economía tiene su reflejo en las políticas de empleo y éstas en la sociedad. La formación y la educación tienen que venir acompañadas de un reconocimiento social de su importancia y, además, deben conllevar situaciones laborales dignas -lo que no quiere  decir que quien no tenga formación no trabaje dignamente, pero el capital humano requiere inversión e incentivos para esforzarse y seguir preparándose- y hacer todos los esfuerzos posibles para que sigan en España. De lo contrario, corremos el peligro de ser un país aletargado en la cola de la innovación y el desarrollo.

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