miércoles, 8 de enero de 2014

"Los enemigos del comercio (segunda parte)", por Antonio Escohotado.



Resumir o comentar las más de 600 páginas del segundo tomo de “Los enemigos del comercio”, obra del genial pensador Antonio Escohotado, es un reto bastante difícil. Si el primer volumen partía de Grecia y Esparta y concluía justo antes de Carlos Marx, el segundo se inicia con el final del siglo XVII y nos traslada hasta la Revolución Rusa.


La dualidad entre las sociedades clericales-militares y las comerciales inauguraba un conflicto en el que, como bien decía Hesíodo, “ninguna polis será próspera si trabajar es infamante, y la vocación del mercader no resulta honorable” (pág. 26). Sin embargo, estas palabras han sido constantemente rebatidas, sobre todo por aquellas personas e ideologías que consideran que la propiedad privada es un robo y el comercio su brazo ejecutor.


El Cristianismo se expande como una ideología nueva en las ruinas del Imperio Romano, prometiendo poner primeros a los últimos y renegando del rico. La palabra trabajo  viene de tripalium, “que era una herramienta parecida a un cepo con tres puntas o pies que se usaba inicialmente para sujetar caballos o bueyes y así poder herrarlos. También se usaba como instrumento de tortura para castigar esclavos o reos” (Wikipedia). Si los romanos consideraban el trabajo algo indigno, el Cristianismo hablará de Adán y Eva y de la expulsión del paraíso,  sirviendo de correa de trasmisión a sendos conceptos.

Sin embargo, con el protestantismo, el mundo germánico y anglosajón desarrolló otro concepto de trabajo, más relacionado con el de “profesión” o maestría, entendido esto como el desarrollo de una actividad que interese a terceros. Esta profesionalización es la base de las sociedades industriales.

Todos estas transformaciones sociales han sido objeto de interpretación; incluso se desarrollaron “leyes de la historia” (pág. 38), como pudo ser la teoría de Marx, en la que el futuro estaba escrito como consecuencia de la dialéctica, cayendo en lo que se ha conocido tradicionalmente como “historicismo”. La sociedad industrial sacó a mucha gente de la miseria, aumentó la renta per cápita, pero también multiplicó los conflictos dentro de la urbe entra capital y trabajo. Como consecuencia de los cambios y las luchas, los visionarios, como ya en tiempos de la caída del Imperio Romano, se multiplicaban y no dejaron de exponerse teorías alternativas al capitalismo incipiente que, cómo no, debían partir de dos supuestos: lo mal que estaba todo y el apocalipsis que se avecinaba y  la construcción de la alternativa en un “mundo ideal”.

Malthus, en su ensayo sobre la población (1798) puso el grito en el cielo: la población crecía más deprisa que el alimento. Esta afirmación, a pesar de que las hambrunas en la sociedad industrial no iban a perecerse ni remotamente a las anteriores, circuló constantemente sin tener en cuenta los avances tecnológicos y la democratización de los gobiernos (pág. 39).

La llegada del Mesías o el Salvador es políticamente tan importante como en la religión, y en esto el comunismo se ha visto constantemente intoxicado por la búsqueda de lo absoluto -mundo ideal- por encima de lo relativo -las reformas constantes que han ido haciendo avanzar a las sociedades-.

Según Escohotado, el capitalismo industrial impuso una exigencia competitiva, cosa estimulante solo para algunos, basada fundamentalmente en lo que se conoce como “la destrucción creativa”, basada ésta en la innovación y en la transformación tecnológica. Dicha tendencia hace que la economía  se configure como un ciclo lleno de fluctuaciones, lo que, a la postre, provoca las crisis así como las épocas de crecimiento. Las recesiones tienen como  desencadenante una superproducción -al contrario de las anteriores al capitalismo, que eran crisis de escasez-, que viene precedida de un crecimiento de los precios, lo que termina por  obstaculizar la venta de productos y nos lleva a la consecuente deflación de activos. 

Escohotado hace un repaso histórico no tanto a través de los datos, sino a través de sus protagonistas.  Nos planteará conceptos económicos como “la ley de Say” (pág. 75), basada en que toda oferta genera su demanda, apoyándose en la descripción de un contexto y de un personaje, el hugonote J.B.Say; y así se hará sucesivamente con Saint Simon, Proudhon, Bakunin, Owen, Godwin, Hegel, Engles, Marx, Lenin, etc.

Un elemento interesante, y que quizás satisfaga el espíritu curioso de muchos, es la parte que dedica a la llegada de los nuevos pioneros a la incipiente nación de EEUU. Este advenimiento  generará nuevas comunidades o comunas en la que se intentará plantear “un nuevo mundo” en el siglo XIX. Las sectas religiosas, tales como “los shakers, los arpitas, los zoaritas, los amanitas, los auritas y los bethlianos” (pág. 91), practicaron un comunismo “de necesidad”, religioso pero muy productivo, que consiguió grandes logros económicos, siendo así  la base de futuras fortunas y grupos de poder económico. Por el contrario, tenemos un fracaso estrepitoso de comunas tipo falansterios u otras “no religiosas”, que se llenaron de “intelectuales” cuya visión del trabajo no era la de la maestría, sino la de la maldición.

Merece mención también la parte que le dedica a David Ricardo (1772-1823) (pág. 130), sobre todo porque será este economista el que haga famoso que el valor de un bien viene determinado por la cantidad relativa de trabajo necesaria para producirlo.  Este concepto, que dará pie al término marxista “plusvalía”, entiende la mercancía como algo que tiene un valor determinado por el tiempo, no por la oferta y la demanda. Si fuera así, una firma de un artista famoso en una servilleta debería valer menos que pintar una casa. 


No tener en cuenta el “valor añadido” será nocivo para Marx, según desarrolla el autor, puesto que, a pesar de que este último hablará del fetichismo de la mercancía y de la diferencia entre valor de uso y valor de cambio, no tiene en cuenta que la oferta y la demanda funcionan como fuerzas dinamizadoras que hacen del mercado un sistema de información en el que las decisiones de cada uno en un ámbito particular se concatenan de tal forma que es así como se determinan los precios. El autor le dedica a Marx un análisis intenso desde la página 369  hasta la 441, precedido por el análisis del comunismo científico y de la vida de Engels, gran amigo de Marx y riguroso analista social. Según este último, Marx sería el Newton de las Ciencias Sociales al haber descubierto las leyes de la historia.

La primera internacional y la segunda, la Revolución Rusa, los conflictos sociales y los principales pensadores de unos siglos convulsos son la base del contenido de esta vasta obra. Escritores, gobernantes, sindicalistas, inventores… Un auténtico repaso histórico a nuestra historia económica y social más reciente.


Aquí me detengo, pues seguir escribiendo sobre este libro sería romper la necesidad que tenemos todos los apasionados por la historia política de leerlo. Independientemente de si se está de acuerdo o no con algunas de las interpretaciones de Escohotado, analizar 2.500 años de historia del comunismo, dedicando para ello más de 10 años de estudio, es una tarea sólo a la altura de grandes pensadores.


Ficha técnica del libro

Nº de páginas: 752 págs.

Editoral: ESPASA LIBROS, S.L.U.

Lengua: CASTELLANO

ISBN: 9788467037982


A continuación, os dejo una serie de entrevistas que circulan en la red para que podáis tener más información sobre “Los enemigos del comercio”.
Presentación del libro




Entrevista al autor


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